Editor invitado: Miguel Ángel Melgares

Recepción de artículos hasta el 31 de diciembre de 2020

Vivimos en un periodo culturalmente privilegiado para la sociedad occidental. Como defiende Dorothea von Hantelmann (2010), la popularización de la institución museística como contenedor cultural podría entenderse como el triunfo de los nuevos rituales artísticos y las escalas de valores que devinieron de las sociedades capitalistas y democráticas occidentales: la imposición de una estructura temporal lineal, la valorización de lo individual, la importancia otorgada a la producción de objetos materiales y la subsiguiente puesta en circulación de estos a través del mercado del arte. En este contexto, los procesos de catalogación, colección y archivo de las obras de arte son parte de una estrategia programática implícita en la museología. El hecho mismo de coleccionar se inserta en la idea de aprehensión de un presente que es proyectado hacia el futuro. Aquí se entrelazan procesos patrimoniales que tratan de conectar temporalmente lo que se nos ha dado con lo que vamos a entregar. Un legado. La posibilidad de permanecer eterna e infinitamente es parte de un deseo de atemporalidad que ha definido el territorio de las artes visuales. Como acertadamente expone Amalia Jones (2011) en su artículo «Performance art: Live or dead», las artes visuales son la única forma cultural asociada directamente a un mercado global que depende de la disposición jerárquica de la compra y venta del objeto original y único. En este contexto, construido a partir de la idea de obra maestra de la estética kantiana, Jones insinúa que la inclusión de la temporalidad efímera del performance en la historia del arte entraña la complejidad de disociar los paradigmas del arte de su realidad objetual. Es la propia Jones la que nos pone sobre aviso de que este planteamiento rupturista de los artistas del performance para con el objeto artístico, defendido y teorizado por los estudiosos del performance art, encierra cierta «mistificación retórica», ya que, según ella, tratan de conectar lo efímero e irrepetible de su práctica con la idea de la experiencia directa del espectador. En las dos últimas décadas, un gran número de instituciones artísticas se han esforzado por traducir sensibilidades temporales en nuevas experiencias estéticas. El creciente interés por diseñar programas expositivos donde se incluya la presentación tanto de clásicos como de recientes trabajos de performance, así como una decidida apuesta por la adaptación de propuestas escénicas al contexto museístico, consolida un cambio de paradigmas en los procesos creativos contemporáneos. Inmaterialidad, eventualidad e interacción directa con el público se articulan para definir nuevos mecanismos de producción cultural, donde llegamos a apreciar una hibridación formal entre las disciplinas estéticas que consolidaron la práctica del performance. La flexibilidad, permeabilidad y pluralidad estética del performance lo han convertido en territorio creativo eminentemente híbrido y posdisciplinario. Ahora bien, si en la segunda mitad del siglo XX, el arte del performance surgió como una herramienta subversiva que trataba de cuestionar el mercado y las instituciones artísticas, la absorción y transformación de los performances en un nuevo producto de consumo cultural genera una serie de problemáticas que afectan su propia esencia. En este sentido podemos observar ciertos cambios en los valores ontológicos a partir de los que se construyeron las retóricas del performance. La delicada relación entre las manifestaciones de arte efímero y su documentación alimenta un debate sobre la capacidad de los artistas del performance para defender un discurso anticapitalista. En el número 07 (2021) de la revista SOBRE, planteamos profundizar en las relaciones entre el performance y los procesos editoriales, centrándonos en las estrategias de documentación, catalogación y archivo implícitas en su investigación y conservación, así como en los procesos de producción y exposición de esta singular práctica artística.


Líneas de investigación:

- El legado documental del performance. Del ritual al archivo. La performatividad del documento.

- Análisis de los estudios del performance. Publicaciones, exposiciones y catálogos sobre performance.

- La reiteración performativa. Los re-performances y la delegación performativa.

- Cartografías performáticas. La ciudad y la arquitectura en el performance.

- Patrimonio performativo: transacciones capitales en el arte inmaterial. Coleccionar performances.

- Escritura performativa. El score y la partitura como herramientas de transmisión de conocimiento.

- Estrategias performativas desde lo editorial. Estrategias editoriales desde lo performático. El libro como experiencia performática.


Miguel Ángel Melgares

(España, 1980) es un artista interdisciplinar, dramaturgo e investigador asentado en los Países Bajos. Doctor en Bellas Artes por la Universidad de Granada con una tesis titulada El fin de las retóricas del performance. Su interés por el campo del performance lo lleva a Ámsterdam en 2007 para formar parte del internacionalmente aclamado laboratorio escénico DasArts. Desde entonces desarrolla una intensa labor creativa dentro del campo de la escena y performance contemporáneo, colaborando con artistas como Julian Hetzel, Tchelet Weisstub, Elina Cerpa, Tzeni Argyriou o Sonja Jokiniemi, entre otros. Sus trabajos son regularmente presentados en festivales y circuitos internacionales de la escena contemporánea, y recientemente han podido verse en Onassis Cultural Center, Atenas; Steirischer Herbst, Graz; la Biennale di Venezia, Venecia; Impulse Theater Festival, FFT Düsseldorf; Malta Festival, Poznan; Spieltart Festival, Munich; Zodiak, Helsinki; Tangente, Montreal, etc. Melgares es tutor en el Máster de Teatro de la Amsterdam University of the Arts y es el director artístico de proyectos como SLOW DOWN Winter Performance Festival.


Referencias

Jones, A. (2011). Performance art: Live or dead. Art Journal, 70(3), 32-38.

Von Hantelmann, D. (2010). How to do things with art. JRP Ringier.

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