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  • Óscar Navajas Corral
  • Jesús Fernández Fernández
Óscar Navajas Corral
Jesús Fernández Fernández
Núm. 19 (2016), Instituciones, Páginas 152-173
DOI: https://doi.org/10.30827/e-rph.v0i19.5503
Recibido: ene 3, 2017 Aceptado: ene 3, 2017 Publicado: ene 3, 2017
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Resumen

En los años setenta y ochenta del pasado siglo se produjeron intensos debates en el seno del Consejo Internacional de Museo (ICOM), entorno a la disciplina que vela sobre la razón de ser, el trabajo y los «valores» –incluso éticos y morales– del museo: la Museología. Una fase lógica por la que había que pasar, teniendo en cuenta el momento social, cultural y económico por el que pasaba la sociedad a nivel mundial.
Aquella turbulencia intelectual no solo afectó a la teoría de este campo del conocimiento, sino que influyó más profundamente en el trabajo de los profesionales del museo y del patrimonio. Las tradicionales funciones de conservación y difusión comenzaban a estar bajo los dictámenes de la función social del museo, y en su «utilidad» para y con la sociedad. Cuarenta años después, la profesión se ha mantenido dividida, en líneas muy generales, entre aquellos que desarrollan su actividad en un museo denominado tradicional y aquellos que la practican en la museología comunitaria. En este artículo se pretende hacer una reflexión sobre las competencias y habilidades del segundo grupo, partiendo de un contexto: la Museología Social en España; y de una iniciativa: La Ponte-Ecomuséu, en Asturias.

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