Ferre, Lola (2024), Plática de medicina del Dr. Moreno. Estambul, 1645. Edición, transliteración y estudio del Ms. Judeoespañol FR. 3172 de la Biblioteca Nacional de Israel. Colección Textos y Culturas Judías. Granada: EUG, 375 pp. ISBN: 978-84-338-7319-4.

Carmen Caballero Navas

carmenca@ugr.es

Universidad de Granada

Este libro parte de un feliz hallazgo, fruto de la identificación de una obra médica escrita originalmente en el siglo XVII por un autor hasta ahora desconocido, lo que ha permitido corregir la apreciación errónea, vigente hasta hace poco, según la cual se trataba de una traducción judeoespañola del Canon de medicina de Avicena (p. 43). El texto fue compuesto por un médico castellano de origen converso que, tras emigrar y establecerse en el Imperio otomano, retomó el judaísmo de sus antepasados.

No es de extrañar que la autora de este libro, Lola Ferre, quién logró la identificación de la obra y es una especialista experimentada y prolífica editora, traductora y estudiosa de textos médicos hebreos que circularon por el Mediterráneo hasta finales de la Edad Media, se sintiera atraída por un texto hasta ahora desconocido, lleno de interrogantes por resolver y de gran riqueza intelectual y lingüística. La obra contribuye de manera significativa al conocimiento del saber médico erudito, de formación universitaria, cultivado por los cristianos nuevos en el tránsito del siglo XVI al XVII, así como a su transmisión a las comunidades judías sefardíes del Imperio otomano. Asimismo, permite analizar las continuidades y discontinuidades respecto de la medicina medieval, las cuestiones identitarias implicadas, las tendencias, las fuentes y los nuevos modos de adquisición del conocimiento, así como su relación con la formación y la práctica médicas.

El libro de Lola Ferre se organiza en tres partes bien diferenciadas. La primera comprende una introducción dedicada al autor, la obra y su contexto, que incluye una investigación casi detectivesca sobre su biografía; un estudio de todo lo relativo a la escritura de la obra, a partir del único manuscrito en el que se conserva (Biblioteca Nacional de Israel, Fr. 3172), así como de su estructura, fuentes y contexto de producción; y, por último, un análisis de la lengua en que está escrita y de los criterios seguidos para su edición. La segunda parte presenta la edición y transliteración del manuscrito, junto con la explicación de las decisiones editoriales adoptadas. La tercera ofrece un glosario tan necesario como utilísimo, acompañado de tres dos apéndices asimismo valiosos, dos de ellos unos índices de gran utilidad.

De todas estas secciones, la transliteración del texto cumple de manera especialmente clara el objetivo que la autora persigue en este y en sus trabajos anteriores, objetivo que comparto plenamente: hacer accesible el texto, dentro y fuera de la academia, a un público interesado que no conozca la grafía hebrea ni esté familiarizado con el castellano del siglo XVII o con el judeoespañol, ni tampoco con la medicina premoderna y moderna. La transliteración es meticulosa y cuidada, como todas las ediciones de Lola Ferre, pero en este caso se añade una complejidad lingüística adicional, reflejo no solo del plurilingüismo (distintas lenguas y estadios lingüísticos), sino también de la diversidad de registros.

Además del minucioso trabajo de la editora, también han ayudado a hacer accesible el contenido del texto, por un lado, el completo glosario incluido en la tercera parte y, por otro, el sólido contexto médico presentado en la primera. Este contexto resulta imprescindible si se tiene en cuenta que la obra se sitúa en una auténtica encrucijada de saberes. Constituye, además, un ejemplo paradigmático tanto de la época y de la situación histórica tumultuosa en que fue compuesta -marcada por la migración o el exilio del autor al Imperio otomano, su «retorno» al judaísmo y la confluencia de distintas corrientes médicas- como de un rasgo característico de la producción y transmisión del conocimiento judío: la tendencia a la recopilación, compilación, síntesis, sistematización, adaptación y apropiación de saberes.

En cuanto a la edición, no pretendo arrogarme un conocimiento especializado en la edición del judeoespañol que no poseo y que ha sido evaluado con mayor autoridad por otros especialistas; sin embargo, como medievalista y especialista en medicina hebrea, debo señalar que el objetivo propuesto se ha cumplido con éxito. La edición diplomática está muy bien ejecutada: logra hacer asequible lo complejo y resulta clara y fácil de seguir.

Como hemos visto, las otras partes de la obra no tienen menos valor que la edición y la transliteración del texto, pues se complementan entre sí para ofrecer a quien lee el libro una visión completa de la obra médica, de su composición y de su contexto.

Entre los resultados de la investigación expuestos en la primera parte, reviste especial importancia el hecho de que el autor, en principio anónimo, deje de serlo en buena medida. Gracias a una meticulosa investigación tanto del texto -a partir de la información autobiográfica que el propio autor va proporcionando de manera fragmentaria- como del contexto histórico, que abarca a los conversos castellanos del siglo XVI vinculados a la Universidad de Salamanca y a las comunidades sefardíes de Tesalónica y Estambul, la autora logra reconstruir numerosos datos biográficos. Entre ellos se cuentan la fecha aproximada de nacimiento, la formación universitaria, el apellido y la familia del autor, así como las fechas aproximadas de su salida de Castilla, su establecimiento en el Imperio otomano y la redacción de la obra, datos que, en conjunto, superan incluso los que poseemos sobre algunos autores más conocidos.

Como ocurre con muchas obras médicas premodernas, la obra carece de título, por lo que la autora opta por una paráfrasis derivada del incipit, Plática de medicina (pp. 47-48). Aunque los distintos valores semánticos del término plática son igualmente posibles, me inclino también por entenderlo en el sentido de «discurso», ya que la obra se inscribe plenamente en el discurso médico contemporáneo.

La descripción de la obra completa (pp. 48, 98-99), tal como la presenta el propio autor, aun cuando solo se ha conservado la primera de las siete partes (partidas) previstas, nos remite a una obra compleja: un libro de carácter generalista, casi enciclopédico, como señala la autora, que puede considerarse un auténtico manual de medicina. Se trata de una obra destinada a la formación del médico, no solo por estar dedicada a su hijo, sino también por los contenidos que aborda. Resultan de especial relevancia, en este sentido, las reflexiones sobre la relación que debe mantener el médico con el paciente, los libros que ha de leer y el modo en que debe hacerlo, así como la manera de exhibir su conocimiento en las juntas médicas.

En cuanto a las fuentes, Ferre lleva a cabo un estudio sólido y bien fundamentado, en el que analiza tanto las fuentes de esta obra como su relación con las empleadas por otros autores de origen converso, algunos de los cuales también retornaron al judaísmo. En este sentido, demuestra que la introducción del texto se basa en gran medida en la introducción de la obra Centuriae de Amato Lusitano, al que sin embargo no menciona (p. 54).

Volviendo al contexto, la lectura de Lola Ferre pone de manifiesto la perdurabilidad del uso de las traducciones hebreas medievales de textos médicos (p. 46) y saca a la luz una paradoja temporal especialmente sugerente: mientras que para el autor, formado en Salamanca, las ediciones impresas constituían ya un formato habitual, para sus descendientes lo normal siguió siendo el recurso a copias manuscritas.

Al tratar la persistente influencia, al menos hasta esta época, del galenismo árabe entre los médicos de origen converso procedentes de la península Ibérica -siguiendo, entre otros, a Arrizabalaga-, resulta inevitable evocar los trabajos de Luis García-Ballester y estudios posteriores sobre la arabización intelectual de los médicos judíos castellanos medievales, así como de algunas zonas de la Corona de Aragón. Estos autores mostraron cómo dichos médicos no solo conservaron, copiaron y difundieron libros médicos en árabe, sino que algunos continuaron escribiendo su propia producción médica en esa lengua (Ballester, Luis García - Concepción Vázquez de Benito. «Los médicos Judíos castellanos del siglo XIV y el galenismo árabe: el Kiţāb al-ţibb al-qašţālī al-malūkī (Libro de medina castellana regia) (c. 1312)». Asclepio 42.1 (1990): 119-147). Este fenómeno puede entenderse casi como una seña de identidad de la medicina practicada por los judíos ibéricos, sobre todo castellanos, medievales, una tradición que los médicos conversos bien pudieron conservar no solo mientras permanecieron en Iberia, sino también tras su establecimiento en el Imperio otomano u otras diásporas. Dicha continuidad no respondería únicamente a un apego cultural o, como sugiere la autora, a la añoranza de un período en el que los judíos pudieron vivir libremente su religión y su tradición en la península Ibérica (p. 67), sino también a la preservación de la memoria de una autoridad médica previamente reconocida. Una autoridad en la que estos médicos se apoyan para fundamentar y demostrar su propia excelencia profesional.

En mi opinión, también puede apreciarse una conexión con la tradición médica arabogalénica en una de las tres motivaciones que el autor ofrece para justificar la escritura de su libro. Según él, importantes miembros de la comunidad judía de su nuevo contexto social y político le solicitaron que lo escribiera. Esta justificación resuena con otros prólogos de médicos medievales que también experimentaron movilidad geográfica y cultural, como el de Natán Yoel Falaquera en su obra escrita en Provenza a finales del siglo XIII, Ṣori ha-guf (Bálsamo del cuerpo). Inmigrante de Sefarad, y cuya lengua de transmisión científica era el árabe, Falaquera justificaba la escritura de su obra señalando que los hombres importantes de la comunidad, que no dominaban el árabe, le habían pedido que elaborara un texto propio siguiendo la tradición médica árabe.

Por interés académico personal, lamento especialmente que no se haya conservado -o que quizá ni siquiera llegara a escribirse, como sugiere Ferre- la cuarta partida de la obra, dedicada a las enfermedades del vientre y de la madre. He anotado todas las menciones a la menstruación presentes en el texto y me ha resultado poderosamente llamativo el título que el autor asigna a una sección de esa parte de la obra, mencionada en forma de referencia cruzada al final de la «Distinción 3 del tercer diacrítico» (f. 14v; pp. 142-143). En dicha referencia, el autor alude a un tratado que llama Las enfermedades de las mujeres, siguiendo el título conocido del tratado hipocrático homónimo, del cual no se conserva versión árabe y respecto del que se desconoce si llegó a existir alguna versión hebrea.

En conjunto, el libro de Lola Ferre constituye una aportación de gran valor para el estudio de la medicina en judeoespañol, destacando su complejidad y riqueza lingüística, y de los saberes médicos en tránsito entre la península Ibérica y el Imperio otomano. La obra combina una edición y transliteración rigurosas, capaces de hacer accesible un texto complejo a lectores no especializados en grafía hebrea ni en castellano del siglo XVII, con un análisis profundo del contexto histórico, biográfico y lingüístico del autor, así como de sus fuentes y referentes médicos. Destacan igualmente la atención a la formación del médico, la estructura enciclopédica del texto, la relación entre teoría y práctica (experiencia), y la transmisión del conocimiento en diásporas judías de origen ibérico. Por su solidez metodológica, su claridad expositiva y la riqueza de sus aportaciones tanto a la historia de la medicina como a los estudios sefardíes, esta obra es altamente recomendable para especialistas y también para lectores interesados en la historia cultural y científica del Mediterráneo moderno temprano.