Reseña de / Review
of
Lacaci, María Elvira (2025). A grito
abierto. María Isabel López Martínez (ed.). Madrid: Ediciones Torremozas. ISBN 978-84-7839-943-7. 370 pp.
Celia García-Davó
Universidad de Alicante
https://orcid.org/0000-0003-3899-3311
Recibido:
30/09/2025
Aceptado:
20/10/2025
https://doi.org/10.30827/impossibilia.302025.35038
“Cerré los
ojos y apreté los párpados / —como si se tratara de mandíbulas—, / y un grito
perforante / salió de mi garganta siempre muda: / ‘Congélame los ojos, Dios.
Tanto dolor humilla’.” (64). El grito abierto de María Elvira Lacaci (Ferrol, 1916-Madrid, 1997) es el que recorre toda
su producción poética, recogida en el volumen reseñado por María Isabel López
Martínez, catedrática de Teoría de la literatura y Literatura comparada en la
Universidad de Extremadura.
La obra se inicia con un primer capítulo
introductorio, reflejo de la ardua investigación que la editora ha llevado a
cabo sobre la escritora gallega en revistas, antologías y epístolas. En este
apartado, López Martínez realiza un recorrido por la vida y obra de Lacaci —indisolublemente unidas— con el propósito de
presentarnos la información biográfica necesaria para completar la imagen de la
autora, desconocida aún para la gran parte del público lector. Con todo, será
la propia poeta quien, a través de sus versos, nos conceda íntimamente su
autorretrato personal, caracterizado por la angustia existencial, la soledad y
la sensación de desamparo. Esta actitud desafortunada se debe, en gran parte, al
traslado que, en 1953, la escritora realiza de Ferrol a Madrid, espacio donde
no logra integrarse.
La
poesía lacaciana, de marcado carácter confesional y
fiel reflejo de la realidad, se distribuye en tres únicos poemarios: Humana
voz (1957), Sonido de Dios (1962) y Al este de la ciudad (1963),
incluidos en este libro. Antes de facilitar al público la lectura de estos,
López Martínez nos ofrece —dentro de este primer apartado introductorio— un
sintético análisis de cada uno de ellos. Según la editora, los ejes temáticos que
recorren sus páginas son: la religiosidad, la mirada social y la búsqueda
identitaria; su lírica “destaca por un lenguaje de extrema sencillez que
expresa la hondura existencial y religiosa combinada con audaces planteamientos
de crítica social, facetas relevantes en la Generación del 50” (26).
Gracias
a Humana voz, primer libro de versos que incluye el volumen, Lacaci se convierte en la primera mujer en obtener el
Premio Adonáis de Poesía en 1956. Las composiciones que conforman este poemario
versan sobre asuntos trascendentales como la reflexión sobre la muerte, la
soledad o el desarraigo y abordan, principalmente, la sensación de sentir a
Dios como refugio y único amparo frente a las adversidades que la escritora
experimenta en su día a día. Lacaci siente que su
función como poeta no debe ser la de cantar a la naturaleza o al amor —tópicos
tradicionalmente atribuidos a la poesía femenina—, sino la de denunciar las
injusticias que sufren los más desfavorecidos, según expresa, por ejemplo, en
el poema “El traje nuevo”:
No. No es correcto. Lo sé,
el presentarme así todos los días.
A mi modo. Rebelde.
Llevando de la mano […]
palabras mal peinadas. Andrajosas.
Desnudas. […]
Escupiré a la rima —la rima es de
burgueses
de la dicha—, y mis zapatos
llevaré ya en la mano. Iré saltando
libre
de su opresión (81).
El segundo
poemario que recopila este volumen, Sonido de Dios, mantiene la misma
línea temática que el anterior. La escritora entiende y presenta su producción
poética como un deber moral y religioso; como la mayoría de los poetas
comprometidos de los años 50, cree que su poesía puede ayudar a los demás y por
ello exclama: «Salid a los caminos / versos míos» (183) con la esperanza de que,
algún día, sus plegarias a Dios lleguen a un gran público y se haga al fin
justicia.
En Al este de la ciudad,
tercer y último poemario incluido en este libro, Lacaci
se detiene en describir las condiciones deplorables de los suburbios del
extrarradio de Madrid. Sus poemas, al modo del Neorrealismo italiano, componen
secuencias casi fotográficas de la miseria de aquel espacio y reivindican unas
mejores condiciones vitales para sus habitantes. El yo poético y autobiográfico
de la autora se presenta como testigo de esta situación, expresando la angustia
y el dolor que tanto ella misma como la gente de su alrededor experimentan
cotidianamente: “un alarido / que se quiebra y renace: mi palabra” (263).
Desde la desnudez y la humanidad de su verso, Lacaci nos habla de las crudezas del mundo en que vivimos,
haciéndonos atender a lo que nadie quiere ver. La poeta alude en su obra a las
migraciones internas que se produjeron durante el franquismo en España, pero,
aunque narre la experiencia de los inmigrantes procedentes de regiones españolas
sumidas en la pobreza, su mensaje puede extrapolarse al ámbito internacional y
a la situación que experimentamos en la actualidad, donde cada vez son más
frecuentes los enfrentamientos y las desigualdades sociales.
Como colofón, López Martínez
incluye, en primicia, el epistolario que Lacaci
mantuvo con la escritora y editora Luzmaría Jiménez
Faro. Estas cartas explicitan el interés de Luzmaría
por “rescatar” a la poeta del olvido en que se hallaba en la década de los 80
y, asimismo, prueban el deseo de Lacaci por reeditar
su segundo poemario, Sonido de Dios, que la posicionaría nuevamente en
palestra pública. El volumen se cierra con un anexo fotográfico y documental
donde se recogen imágenes de la autora y de los libros que le dedicaron
importantes escritores como Gerardo Diego, Vicente Aleixandre, José Hierro,
Carmen Conde o Gabriel Celaya.
Esta
obra, además de contribuir a la divulgación de la trayectoria personal y
literaria de Lacaci, completa el panorama poético español, donde históricamente solían
“olvidarse” los nombres femeninos. Quienes se aproximen a este libro, podrán
disfrutar de la actualidad de la mirada y la voz humana de una poeta que canta
a la belleza de lo modesto, de lo cotidiano, y hace que nos detengamos ante el frenético
ritmo en que estamos inmersos para recordarnos los asuntos verdaderamente
importantes: el derecho social a una vivienda y una sanidad dignas, el cuidado
de la naturaleza o la defensa animal. Su poesía, además de ser valiosa por la
forma en que está escrita, lo es también por ensalzar las actitudes y los valores
de los que tan falta está nuestra cada vez más individualizada sociedad: la
espiritualidad, el pacifismo, la empatía, etc.
En suma, el universo lacaciano,
como bien explica la editora de este volumen, “se sitúa a ras del suelo y se
expresa por un verbo comprometido, volcado hacia los otros, que redime del
propio dolor y asciende a los planos del intelecto y del espíritu” (44). No se
pierdan el grito abierto de María Elvira Lacaci,
que supo ver, ya en la posguerra, los pilares éticos que sustentan nuestra vida,
y nos ofrece su poesía como un regalo para que no olvidemos nunca el sentido de
la palabra solidaridad.
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