Fantasmar la narración; presentizar la memoria: el espectro como ser entre dos tiempos en las literaturas de la ruralidad

Ghosting the Narrative; Presentifying Memory: The Specter as a Being Between Two Times in the Literatures of Rurality

 

Raúl Molina Gil

Universitat de València / Universidad de Alcalá

 

raul.molinag@uah.es

https://orcid.org/0000-0001-8100-4481

Recibido: 01/07/2025

Aceptado: 20/10/2025

https://doi.org/10.30827/impossibilia.302025.33428

 

Resumen

El espectro conecta dos temporalidades para traer al presente el traumático pasado que no puede ser recuperado por otras vías. En ocasiones, el fantasma se manifiesta ante los personajes, lo que llamamos “espectro revelado”; otras veces, no son conscientes de su (im)presencia, lo que llamamos “espectro ocultado”. A partir de estas categorías, analizamos las apariciones fantasmales en La forastera, de Olga Merino, y en Te di ojos y miraste las tinieblas, de Irene Solà, para subrayar qué memoria pretende ser rescatada, qué particularidades tiene en este proceso la diferencia en la revelación/ocultación del espectro ante los personajes y, finalmente, cómo ello puede influir en la concreción genérica de ambas novelas.

 

Palabras clave: Espectralidad, Olga Merino, Irene Solà, Literaturas de la ruralidad, Memoria.

 

Abstract

The specter connects two temporalities to bring the traumatic past into the present, a past that cannot be recovered through other means. Sometimes, the ghost manifests itself to the characters, what we call: “revealed specter”; other times, they are unaware of its (im)presence, which we call a “concealed specter.” Based on these categories, we analyze the ghostly appearances in La forastera by Olga Merino and Te di ojos y miraste las tinieblas by Irene Solà, in order to highlight which memory is being sought for recovery, what specificities the process of revelation/concealment of the specter has for the characters, and, finally, how this may influence the generic formulation of both novels.

 

Key Words: Spectrality, Olga Merino, Irene Solà, Literatures of Rurality, Memory.

 

 

“El pasado será un paisaje habitado por fantasmas”

Alfons Cervera

 

Un ser entre dos tiempos: la capacidad actualizadora del espectro (sobre presentizar y fantasmar)

Contar lo silenciado, lo ausente, lo fracturado; contar lo que nunca quisieron que fuera dicho; capturar la memoria, el trauma, el desarraigo; ficcionalizar y ser consciente de la contradicción, pero, también, de la potencialidad de la literatura como herramienta modelizadora[1]. Tomar, para ello, al fantasma como ser cuya entidad es atravesada por la palabra, que viaja junto a él entre (al menos) dos temporalidades. Hoy en día no deberían resultar extraños tales procedimientos, a pesar del cariz mayoritariamente realista de la literatura española memorística, pues existen no pocas obras que han utilizado estos recursos para referir la “naturaleza espectral” (Colmeiro, 2011: 29) de la historia de España, llena de tantos vacíos, omisiones y desapariciones que “no puede formar una narrativa continua sin distorsión” (Colmeiro, 2011: 33)[2].

Si para Alfons Cervera, en El boxeador, el pasado será un paisaje habitado por fantasmas (2024: 137), para Mariana Enríquez estos pueden ser comprendidos como un pasado que sigue sucediendo (en Fernández, 2017). En cierta medida, ambas ideas implican una continuidad: el espectro, residente del ayer, se moviliza cuando es llamado desde el presente por quien persigue hacer memoria y se convierte, como dijera Gabriele Giorgi, en comunicante cronológico que habita una encrucijada de temporalidades en la cual “lo muerto intersecta, presiona, impacta en lo vivo” (2015: 15). El fantasma es, así, “la clave de un pasado que retorna para decirnos que no está todo dicho” (Gasparini, 2020: 86) y que posee una “fuerza política, activadora de acciones” (2020: 142). Para referir esta habilidad utilizaremos el neologismo creado por Diego Rivadulla Costa: “presentizar”, esto es, trasladar al presente un tiempo olvidado con el objetivo de reparar una injusticia histórica y ofrecer, así, la posibilidad de modificar el relato construido sobre ese pasado (2018: 72).

Añadimos otro nuevo concepto a la ecuación: “fantasmar”, entendido como el procedimiento de insertar espectros en la acción para problematizar el universo ficcional, enfrentándolo a las bases del racionalismo, sobre el que hemos construido buena parte del pensamiento occidental contemporáneo: ¿Qué es real y qué no? ¿Qué es imposible y qué es posible? En su incansable búsqueda del logos, decía Pilar Alonso, la ciencia acabó por desencantar el mundo, sin embargo, apuntaba David Roas a esta afirmación que la emoción de lo sobrenatural encontró refugio en la literatura: en su reivindicación de lo racional, el Siglo de las Luces reveló un lado oscuro de la realidad y del yo que la razón no podía explicar (2011: 19). Fantasmar la acción pone en jaque la idea compartida de realidad, pues el espectro, como un virus, afecta al resto de la trama, sea su presencia permanente o puntual. Algo cambia porque algo se rompe: se quiebra. En otras palabras, su aparición es un nudo más del entramado cuestionador de la obra al generar un extrañamiento, gracias al cual pueden ser potenciados los procesos de memoria.

En estas “narrativas de la aparición” (Colmeiro, 2011) el espectro, sostiene Elios Mendieta Rodríguez, es una figura relacionada con lo mnemónico que proporciona infinitas posibilidades hermenéuticas a los autores por su potencia metafórica y por la ubicación de la figura en el umbral entre el pasado visitado y el presente narrado (2024: 37). Quizás por esta capacidad expansiva se haya convertido en un elemento recurrente en las ficciones que tematizan la memoria histórica española: Frauke Bode lo analizó en varias obras de Manuel Rivas (Bode, 2015); Diego Rivadulla Costa en No hai noite tan longa, de Agustín Fernández Paz (Rivadulla Costa, 2018); Elios Mendieta Rodríguez en El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández (Mendieta Rodríguez, 2024); Ángela Martínez Fernández en Rabos de lagartija, de Juan Marsé (Martínez Fernández, 2024), etc.

En opinión de Geneviève Champeau, las novelas sobre la ruralidad, como El viejo y la tierra, de Francisco Marcos Herrero (1997), Espejos de humo, de Moisés Pascual Pozas (2004) o Intemperie, de Jesús Carrasco (2015), “bien parecen retomar el testigo del relato memorístico cuando a principios del siglo XXI, pierde fuerzas en la narrativa la corriente de la memoria histórica” (2018: 18). Estas obras, continúa, como los relatos de corte sociológico que se publicaron por las mismas fechas, construyen una memoria etnográfica y lingüística del territorio (2018: 18) y constituyen “una forma de resistencia al proponer una historia alternativa de los derrotados socioeconómicos, desprovistos de relato propio, a partir del punto de vista y las voces de los humildes y humillados, carne de cañón de la emigración y la modernización del país” (2018: 20). Con mayor o menor fortuna, y junto a otros interesantes y necesarios ensayos, novelas y películas que vieron la luz hasta el definitivo boom de La España vacía en 2016, las representaciones de las que habla Champeau se encuentran en el núcleo germinal del que ha brotado el cada vez más extenso árbol de las literaturas de la ruralidad contemporáneas. Sin embargo, sus raíces son más profundas y nos llevarían a la narrativa de Miguel Delibes, de Juan Benet, de Luis Mateo Díez, de José María Merino, de Adelaida García Morales o de Julio Llamazares. En todos ellos late la voluntad de recuperar la desplazada forma de vida de unas culturas campesinas obligadas a la asimilación a los valores urbanocéntricos del progreso y el individualismo. Y, también, en muchos ya eran comunes las apariciones espectrales, muy ligadas a los procesos memorísticos sobre el territorio o sobre lo familiar: sucede en La lluvia amarilla, de Llamazares; en Bene, El silencio de las sirenas o El secreto de Elisa, de Adelaida García Morales; en los Cuentos del reino secreto, de José María Merino, etc.

Vista esta rápida genealogía, y teniendo también en cuenta el actual auge de ficciones no miméticas, no es descabellado pensar en ciertas intersecciones entre las literaturas de la memoria y las literaturas de la ruralidad a partir del uso de lo espectral como herramienta de conexión entre temporalidades. En los últimos años, estas confluencias nos han legado novelas como Bosques aún más profundos (Sarai Herrera, 2025), Habitada (Cristina Sánchez-Andrade, 2025), La península de las casas vacías (David Uclés, 2024), Paisaje nacional (Millanes Rivas, 2024), Vibración (José Ovejero, 2024), El boxeador (Alfons Cervera, 2024), Et vaig donar ulls i vas mirar les tenebres (Irene Solà, 2023), Carcoma (Layla Martínez, 2021), pequeñas mujeres rojas (Marta Sanz, 2020), La forastera (Olga Merino, 2020) o La infancia de los pueblos desaparecidos (Tomás Val, 2019), entre otras. Algunas de ellas tematizan la memoria histórica de la guerra y de la dictadura; otras persiguen recuperar aspectos propios de una vida rural ya pasada; incluso, las hay en las que se mezclan ambos objetivos. En todas, eso sí, existe la firme voluntad de problematizar la historia del territorio y de conectar dos temporalidades, fantasmando las narraciones, lo que reactualiza y reescribe los terrores del pasado y nos advierte, sobre todo, de los peligros de su olvido.

 

Las formas de la fantasmagoría: el espectro revelado y el espectro ocultado

El fantasma, como cualquier otro personaje, establece distintos tipos de relaciones con el resto de agentes y formantes de la situación comunicativa que se crea cuando un sujeto lector actualiza la obra, aunque con algunas particularidades. Detengámonos brevemente en un aspecto de la lingüística para comprender lo que aquí queremos plantear.

Para Ducrot (1984) existían al menos tres voces en el proceso de enunciación: la voz externa, llamada emisor o sujeto empírico que era la persona real que produce el discurso (en nuestro caso, el escritor o escritora); la intermedia, llamada locutor o sujeto de la enunciación es la voz que toma el enunciado bajo su responsabilidad (y que podría vincularse, más o menos, con la voz narrativa de una obra); la última, llamada enunciador o sujeto del enunciado, está conformado por el resto de voces o puntos de vista que aparecen en el discurso (los personajes, por ejemplo). Esta comprensión tripartita de la enunciación genera, a su vez, tres recepciones diferenciadas: en el primer nivel, el sujeto lector; en el segundo, de existir, un supuesto receptor/a de la enunciación a quien le es relatada la historia (por ejemplo, el desconocido “Vuestra merced” del Lazarillo); y, en el tercero, los propios personajes de la obra.

Analizar lo espectral a partir de esta polifonía pragmática puede ayudarnos a comprender algunas herramientas utilizadas para fantasmar la acción de las novelas. Las preguntas, por tanto, podrían ser: desde qué plano actúa el espectro, cómo toma la palabra y quién recibe ese enunciado. En este sentido, podemos identificar dos tipos de fantasmagorías que hemos bautizado con los sintagmas “espectro revelado” y “espectro ocultado”.

El espectro revelado se caracteriza por interactuar con los personajes de la novela o del relato, de forma que actúa desde y/o hacia el plano del enunciado. Su intervención condiciona las acciones del resto de personajes e incide en su desarrollo psicológico. Así pues, su discurso puede ser recibido por todas las instancias implicadas en el acto comunicativo: receptor/a del enunciado, receptor/a de la enunciación y lector/a.

El espectro ocultado se caracteriza por la imposibilidad de interacción con los personajes vivos de la novela o del relato en el plano del enunciado. Su papel, por tanto, no condiciona sus acciones ni permite su desarrollo psicológico. Ahora bien, su toma de la palabra sí puede dirigirse a instancias superiores en los niveles de la enunciación o de la situación comunicativa real. Esto es, puede ser escuchado por el/la receptor/a de la enunciación (si lo hubiera) o, directamente, por el/la lector/a.

El “espectro revelado” es el más habitual y estaba presente en obras clásicas como La lluvia amarilla, en la que, recordemos, ante Andrés de la Casa Sosa se aparecen los fantasmas de su madre, de su mujer o de una anciana fallecida en un pavoroso incendio; también son comunes en las novelas de Adelaida García Morales, antes referidas. En fechas más recientes, y siempre en la intersección entre ruralidad y memoria (histórica, rural, familiar, etc.), este tipo de aparición la podemos encontrar, entre otras, en Carcoma, de Layla Martínez (2022), en Paisaje nacional, de Millanes Rivas (2024), en Habitada, de Cristina Sánchez-Andrade (2025) o en La forastera, de Olga Merino (2020), que será la que analicemos en las próximas páginas. En todos estos casos, el espectro participa directamente de la acción de unas novelas que, por sus apariciones, derivan hacia lo no mimético desde lo fantástico, como sucede en Paisaje nacional (Ayete Gil y Molina Gil, 2025) y en La forastera (García Cardona, 2024; Malpartida Tirado, 2024); desde lo insólito, en Carcoma (De Benito Mesa, 2024); o desde el realismo mágico, en el conjunto de la obra de Cristina Sánchez-Andrade (Díez Cobo, 2022; Molina Gil, 2024).

El “espectro ocultado” es menos habitual y no dispone de una genealogía tan extensa. En fechas recientes, de hecho, quisiéramos destacarlo como un procedimiento desarrollado por Marta Sanz en pequeñas mujeres rojas (2020), dentro de las secciones en las que el coro de muertos enterrados en la fosa toma la palabra, y por Irene Solà en Et vaig donar ulls i vas mirar les tenebres (2023), a partir de los espectros de las mujeres que habitan Mas Clavell. Con anterioridad, lo encontramos en Espejos de humo, de Moisés Pascual Pozas (2004), una suerte de Antología de Spoon River de un pueblo español, que, sin embargo, no tuvo demasiada visibilidad.

Cabría cuestionarse, aunque fuera de forma breve, por qué la espectralidad está tan ligada a lo rural. Como en otros trabajos hemos planteado (Molina Gil, 2024 y Molina Gil, 2025), el discurso hegemónico en la contemporaneidad es urbanocéntrico. Lo rural queda relegado al espacio de la alteridad, una “forma de paranoia”, como el Oriente saidiano (2008: 19) donde es posible ubicar todo aquello que no tiene cabida en la racionalidad citadina. En cierta medida, y como sucede en los orígenes góticos del fantástico (tan colmado de fantasmas, por otra parte) el evento imposible, esto es, el espectro, aparece en aquellos lugares alejados del universo familiar (habitualmente urbano).

Las cuestiones que despliega este estudio son variadas: primero, qué memoria trae consigo la aparición espectral; segundo, a quién la dirige y qué relevancia modelizadora dispone; y, tercero, cómo influye ello en la descripción genérica de la obra. Aplicaremos este modelo de análisis y trataremos de dar respuesta a estas preguntas a partir del estudio de dos obras: La forastera, de Olga Merino, y Et vaig donar ulls i vas mirar les tenebres, de Irene Solà[3].

 

Olga Merino y el espectro revelado: anagnórisis anticipada y verdad histórica en La forastera

La forastera se sostiene en una doble temporalidad, pues la voz de Angie, la narradora intradiegética, transita entre sus vivencias actuales en una aldea andaluza y sus andanzas amorosas con un artista inglés en el Londres de los años ochenta. Cuando aparece ahorcado Don Julián, el terrateniente de la zona, en su finca de Las Breñas, Angie se embarca en un rastreo por la historia de sus ascendientes, Los Maroto, y de la propia historia del territorio, que desvelará antiguos secretos. En paralelo, las herederas de don Julián el de los Jaldones, unas mellizas urbanitas, tan solo desean hacer negocio con las propiedades, lo que afecta directamente a la casa donde vive Angie, El Hachuelo. Para Andresco, esta historia refleja los tres principales espacios de memoria del siglo XX español: el exilio (interior y exterior) y los destierros, la emigración (a partir de los ejes campo-ciudad, Andalucía-Barcelona y España-Alemania o Suiza) y el aislamiento individual por razones políticas, sexuales o culturales (2016: 7)[4]. En cierta medida, todos ellos acaban por confluir en el presente o en el pasado de Angie, eso es, en ella o en sus ascendientes.

La memoria sobre la que indaga Angie, afirma Rafael Malpartida, es tan traumática que no puede transmitirse por vía oficial (es decir, ni a través de los testimonios de los vecinos ni de las actas parroquiales o notariales), sino que será enunciada por las voces soterradas de un vagabundo y de la Emeteria, ya difunta (2024: 117). Aunque podríamos argüir, de nuevo con Malpartida, la existencia de tres espectros metafóricos que articulan este trauma –el de la endogamia, el de la locura y el del suicidio (2024: 117)–, nos interesa aquí mucho más el fantasma real de Emeteria. Hasta el momento de la aparición, la protagonista ha creído a pies juntillas el relato familiar según el cual Emeteria es la hermana de su padre y, por tanto, su tía. No obstante, al fantasmar la narración, y hacer que el espectro, como sostiene Giorgi (2015), intersecte con lo vivo, Angie recibe una verdad muy distinta, marcada por el clasismo y que, también, la vincula con la herencia suicida de los Jaldones:

El señorito Casiano no la forzó; las habladurías de la aldea fueron embustes. Tanto la Emeteria como el hijo de la ahogada sabían que estaban contraviniendo el orden natural de las cosas, que tarde o temprano los descubrirían, y aun así no podían dejar de buscarse enredando su rastro como hacen los jabalíes […] Aunque la echaron de Las Breñas, La Emeteria volvió a ver a Casiano a escondidas con la complicidad de un mozo de la finca, hasta que en un encuentro convenido, justo el siguiente de haberle confesado que estaba embarazada […] el señorito ya no se presentó en la choza de la majada. Los Jaldones lo habían confinado en Madrid y él se dejó arrastrar. La Emeteria quiso dejármelo bien claro para que no lo olvidara: fue el señorito Casiano, el padre de Don Julián, y no otro, quien la preñó con la semilla de mi padre, y Gabriel Maroto fue hijo de sus entrañas, aunque la obligaran a mentir, a vivir como si fuera su hermano para cubrir la vergüenza (2020: 85).

 

Es así como La forastera podría leerse como la gran tragedia de unas familias unidas por la sangre: la de su descendencia, pero también la que brota de los cuerpos asesinados. Los Marotos ocupan el lugar de la víctima; los Jaldones, el de los perpetradores. Tras el Golpe de Estado de julio de 1936, relata Angie que le cuenta el fantasma de la Emeteria[5], su hermano Paulino se echó al monte junto a otros diez o doce vecinos. A ella “la purgaron, le pelaron la cabeza y la pasearon en andas por las calles del pueblo para que dijera cuanto sabía. No soltó palabra” (2020: 86). Sin embargo, y en parte por culpa de los Jaldones, los franquistas acabaron matándolos:

 

No había sido él [Casiano] quien aventó dónde se ocultaban los hombres que se habían echado al monte, pero supo del plan urdido por su padre, los caciques y el dueño de la vieja alquería, quien primero les había dado cobijo. Casiano se enteró también de la delación de la guardia civil y, sin embargo, no movió un dedo (2020: 88).

 

Emerge así, gracias al fantasma, una notable fuerza politizadora que activa las posteriores acciones de la novela, como ha señalado Sandra Gasparini en sus ensayos sobre espectralidad ya referidos (2020).

Pero La forastera es también la tragedia de un mundo rural que se desvanece y cuyo único interés para las herederas de la tierra es su venta y mercadeo. Si la historia ocultada que desvela la Emeteria ha marcado el devenir de los Maroto (tanto por la perpetración violenta de la guerra, como por el legado de la tendencia suicida), la emergencia en el pueblo de las hermanas (esto es, del pensamiento urbanocéntrico) empujará con mayor fuerza a Angie hacia su funesto destino. Y, tras ella, al resto del pueblo: “¿Es que no os dais cuenta? Os están robando en vuestras propias narices. Casitas adosadas y turistas, ya lo veréis, ya. ¡Cobardes! Las Jaldonas os están utilizando como trastos viejos” (Merino, 2020: 217), espeta Angie a los vecinos en la plaza. Así, el arribo de las Jaldonas revela, primero una nueva parcela oculta de la historia que tiene relación con la propiedad de la tierra: que no hay documento alguno que certifique que El Hachuelo es suyo, pues pertenece a su familia en virtud de un contrato tácito con poca validez legal en el presente; y, segundo la hace sentirse ultrajada y expulsada de aquel espacio que ella considera su casa, lo que deriva en la decisión que trasladará la acción a su clímax.

Angie, entonces, toma la determinación de imitar a sus ancestros para vengarse desde el presente por toda una historia de violencias, vejaciones y abandonos. La Emeteria fue rapada a la fuerza, y Angie se cortará el pelo, mechón a mechón, para enterrarlo con Pluto (Merino, 2020: 199); después, prende fuego a El Hachuelo y Las Breñas, justo antes de echarse al monte, como Paulino (2020: 230-231). Desde allí, como un Nerón contemporáneo, admira las llamas devorando (o purificando) la casa de la que brotó todo su mal: “Miré de nuevo hacia atrás y, entonces sí, contemplé la casa de los señores en llamas. Amarillo cegador, naranja brillante, rojo sangre, negro tinta. Las llamas son hipnóticas […] El fuego es la verdad” (2020: 232).

Leída como tragedia, el relato del fantasma de la Emeteria, como el de la Sombra del padre de Hamlet, dispone la “anagnórisis anticipada” [6] de Angie y marca su peripecia, sostenida en lo mnemónico. Al igual que en la obra de Shakespeare, la problemática que estructura La forastera es la búsqueda de una verdad intuida, pero que no es confirmada hasta que aparece en escena el espectro, que transporta con él desde otro tiempo una fuerza modelizadora (Asensi, 2013). Por ello, el problema que estructura ambos relatos deja de ser la búsqueda de la verdad (per se) y pasa a ser qué hacemos con ella, pues su manifestación espectral ha modificado por siempre la percepción de lo real de los protagonistas: para Angie, ni el pueblo ni los Jaldones podrán ser mirados con los ojos anteriores a la aparición, al igual que le sucedía al príncipe danés con su tío Claudio. El paralelismo que genera el espectro en ambos casos es tal que, incluso, podemos aplicar la siguiente interpretación de Hamlet a la obra de Olga Merino:

 

Precisamente porque Hamlet conoce la verdad al principio y es incapaz de ignorar su radical potencia –la locura fingida es para el resto, no para él–, resulta herido, devastado, y durante casi toda la pieza intentará hacerse cargo de dicha verdad mientras diversos sucesos y acasos se le vienen encima involuntariamente y respecto de los cuales reacciona (2025: 13).

 

He aquí, precisamente, la importancia de la espectralidad revelada y su potencialidad performativa o modelizadora, que afecta desde el ámbito del enunciado (el más interno, para Ducrot) al conjunto completo de receptores de un determinado discurso. Lo que dice La Emeteria (al igual que el fantasma de El Cordobés en Paisaje nacional, que cualquiera de los espectros de Carcoma o que la propia Sombra de Hamlet) afecta al desarrollo de los acontecimientos de la obra directamente porque se dirige hacia los propios personajes, pero, también, apela a los receptores finales de la misma (al público lector), quienes viven en paralelo las anagnórisis y catarsis propias del descubrimiento espectral de las violencias históricas y familiares. Ello sucede, también, porque el fantasma porta una memoria histórica y rural que se cruza con lo vivo (de nuevo, Giorgi). Su aparición revelada, además, dirige al conjunto de la novela hacia lo fantástico, pues lo imposible aparece directamente en la realidad de Angie para romperla en pedazos[7].

 

Irene Solà y el espectro ocultado: la capacidad modelizadora extratextual de la memoria rural e histórica

La historia de Te di ojos y miraste las tinieblas nos traslada a Mas Clavell, una masía recóndita en medio de las montañas catalanas, para contarnos la vida y la muerte de toda la genealogía de mujeres que la habitó desde el siglo XIX. La acción se concentra en un día, el último en la vida de Bernardeta, mientras recibe los cuidados de su nieta (Marta) y de su bisnieta (Alexandra). Sin embargo, la narración da la voz a sus ascendientes ya fallecidas, quienes cohabitan con ellas dentro de los muros de Mas Clavell y quienes irán contando la maldita historia de la familia, trasladándonos a otros espacios y tiempos. Una historia, y debemos remarcarlo desde el inicio, que solo es recuperada gracias a la intervención intertemporal de las fantasmas: son ellas y no las vivas quienes poseen la memoria y quienes la trasladan al presente, fantasmando la acción.

En la obra, accedemos con muchísima rapidez al universo de lo espectral, que deja de ser otredad para devenir nuestro aquí. Al inicio del primer capítulo, “Madrugada”, se nos describe una estancia donde “las tinieblas crepitaban. Se agitaban. Murmuraban. Roncaban. El ronquido era nasal, mortecino y áspero. Crujía, engullía y se ahogaba” (2023: 9). La casa adquiere las características de la mujer que descansa en la cama, Bernardeta, cuya descripción pronto descubrimos filtrada por la mirada de otro personaje que está en la habitación: “Bernardeta tenía los ojos cerrados, los párpados de lagartija, sin pestañas, la boca abierta, los labios de color lila desvaído, y el pelo grasiento y largo, esparcido por la almohada. Era fea. O eso creía la otra mujer, Margarida, que estaba sentada a su lado en una silla de mimbre, con las manos juntas en el regazo, dando vueltas a los pulgares” (2023: 9). Margarida, señala la voz narrativa, reza “por los ausentes” (2023: 10), que son todos varones, y por “las mujeres de la familia” (2023: 10), hacia quienes comienza a manifestar ciertas tiranteces: “Porque Margarida quería estar ahí cuando Bernardeta se muriera. Quería verlo. Quería ver cómo se le negaban la salvación y la gracia divina por haber andado tantas veces con el diablo” (2023: 11). Es entonces cuando la narradora nos transporta hacia el lado de lo fantasmal: “Margarida había esperado la muerte con ilusión. La suya propia. había figurado el tránsito como un estallido luminoso, un espasmo de gloria, un gozo definitivo, un éxtasis asfixiante al son de los laúdes y las trompetas de un ejército de ángeles” (2023: 11), sin embargo, al fallecer descubre que pasará la eternidad encerrada entre las mismas cuatro paredes en las que vivió y que estará rodeada de las mujeres de su familia, con las que mantuvo tensas relaciones (2023: 13).

Tras regresar a la habitación de Bernardeta durante apenas un párrafo (2023: 14), la narradora vuelve a trasladarnos al pasado para relatarnos la historia de Joana, la primera de las mujeres de Mas Clavell. Sabremos, entonces, de su boda con Bernardí Clavell “hacía tantos años que no se podían contar” (2023: 14), del ritual que hubo de hacer para convocar al diablo y pedirle “un hombre entero” (2023: 19), de que sus hermanos fueron devorados por los mismos lobos que le arrancaron a Bernardí un dedo del pie y conoceremos, también, que por esta falta no es Bernardí un hombre entero y que el diablo, por tanto, no le había concedido su deseo, lo que provocará el inicio de una maldita herencia: “Después del trato que había hecho y deshecho con el demonio por cuenta del dedo pequeño que le faltaba a su marido, le faltaría algo a toda su progenie” (2023: 23).

En las páginas y capítulos posteriores el desarrollo de la novela seguirá el mismo esquema lo que permite, gracias a la figura del fantasma, amplificarla temporal y espacialmente. Ello nos lleva de nuevo al ámbito de la tragedia, pues la acción se sostiene en la unidad de tiempo y son los espectros (a modo de coro) quienes nos guían por todo aquello que no puede ser representado sobre las tablas. Además, el ejercicio de la voz narrativa no solo permite ir saltando entre diversas temporalidades, sino también mirar el mundo desde distintas perspectivas, algunas de ellas, imposibles. En algunas entrevistas, de hecho, Solà ha señalado este ensanchamiento del tiempo y de la mirada como una característica central de la obra:

 

Podríamos decir que es una novela de fantasmas, en el sentido de que la mayoría de personajes están al otro lado, muertas. Como lectores, la voz narrativa estaría en ese otro lado con ellas. En ese día en que se describe la acción cabrían a su vez cientos de días. Y en esa casa cabrían cientos de personajes, de acontecimientos. Me interesaba mucho esta elasticidad del tiempo y del espacio que permite escribir un libro (Solà en Blanco Medina, 2023).

 

Este viaje entre temporalidades permite al espectro “presentizar” (Rivadulla Costa, 2018) la memoria rural e histórica del territorio y politizarla, al cabo, siguiendo a Gasparini (2018). Así queda demostrado, por ejemplo, cuando Bernardeta cuenta que visualizó la muerte de Martí el Coix, Guilla y Martí el Tendre por culpa de “un grupo de hombres de boina roja que habían entrado a su ciudad” (2023: 105) o cuando, unas páginas más tarde, vaticina la muerte de tres soldados republicanos que intentan resguardarse en Mas Clavell (2023: 136). Tras comprobarse la veracidad de esta premonición, las vecinas de los municipios cercanos que habían perdido a maridos, hijos o hermanos en la contienda acuden a Bernardeta, quien les indica dónde han sido enterrados sus cuerpos. En cierta medida, gracias a lo espectral, conocemos esta microhistoria de la Guerra Civil, gracias la que se restituyen los hechos y son recuperados los cuerpos.

Narrativamente hablando, el detalle diferenciador de Te di ojos y miraste las tinieblas es la imposibilidad del contacto entre los personajes vivos y muertos de la trama. Marta y Alexandra no pueden relacionarse con los espectros de las familiares que moran en la casa; estas, aunque sí ven a las vivas, tampoco contactan con ellas. Este detalle lo descubrimos en el primer apartado de la obra, cuando Marta accede a la habitación donde están Bernardeta y el fantasma de Margarida, y esta última se sorprende: “Del cuello le colgaban unos anteojos de concha y llevaba un espejito en la mano. Y dentro del espejito había una iglesia, entera. Y dentro de la iglesia, campanas que repicaban. En la mesita, Marta encendió una segunda y maldita lámpara de luz errónea y sin llama, que no se apagaba cuando la soplabas, solo cuando la golpeabas” (2023: 29). El universo ficcional es filtrado por la mirada de unos espectros cuya experiencia es la del pasado y que se asombran de los actos y de la tecnología del presente, lo que da lugar a escenas humorísticas que generan momentos de distensión dentro de una obra colmada de tragedias. Véanse, por ejemplo, las páginas 31, 34, 39, 28, 74 o 76, entre otras.

En este caso, ambas temporalidades conviven en un mismo espacio, pero la ausencia de contacto es lo que nos permitiría hablar de “espectros ocultados”. En este caso, la recuperación de la historia del territorio gracias a la voz de los fantasmas no activa a las acciones de personajes como Marta o Alexandra, al contrario de lo que sucedía en La forastera. En otras palabras, el poder modelizador (Asensi, 2013) de las secciones en las que intervienen los fantasmas salta hacia directamente el ámbito externo de la comunicación, es decir, hacia el receptor/lector final. En otras palabras, lo muerto instersecta, siguiendo a Giorgi (2015), pero lo hace dirigiéndose hacia el exterior del relato, lo que genera una nueva tragedia: la imposibilidad de transmisión interna del conocimiento memorístico.

 

A modo de conclusión: de tiempos, fantasmas y memorias rurales

La (im)presencia del fantasma en los relatos que aúnan ruralidad y memoria dispone distintas vías de interpretación del entramado comunicativo y pragmático. Por una parte, los “espectros revelados” afectan a los personajes vivos, cuyas actuaciones se ven modificadas o influidas por aquello que el fantasma, en tanto ser entre dos tiempos, les comunica. Por otra parte, la imposible comunicación entre los “espectros ocultados” y los personajes que habitan el mundo de los vivos provoca que sus revelaciones no tengan efecto directo en las acciones de estos últimos, por lo que sus descubrimientos saltan, directamente, hacia el exterior de la comunicación, es decir, hacia el/la lector/a.

Este detalle también tiene relevancia a la hora de organizar las novelas desde la teoría de los géneros literarios. El contacto entre dos órdenes de realidad, a partir de la emergencia de lo imposible en un mundo cuyas características son idénticas al nuestro, vincularía La forastera con lo fantástico, pues el espectro atemoriza física y metafísicamente (Roas, 2011) a Angie y la hace cuestionar el paradigma de realidad en el que vive (lo que, a su vez, refuerza la capacidad de relectura del pasado histórico). Por el contrario, la ausencia de contacto entre las dos espaciotemporalidades no nos permite vincular obras como la de Solà con lo fantástico, pues no se da dentro del universo ficcional ese necesario cruce del umbral. De hecho, en este caso más bien podría ligarse a las categorías de lo inusual o lo insólito por la vía de la normalización de lo sobrenatural.

Ambos casos, eso sí, presentan al espectro como un comunicante entre dos temporalidades que “presentiza” (Rivadulla Costa, 2018) las acciones y dispone ejercicios mnemónicos (Mendieta Rodríguez, 2024), en cierta medida reparadores de las injusticias históricas vividas. Su palabra viaja desde el accidente del ayer hacia el hoy para mostrar los violentos condicionantes del pasado. El espectro no es un mero artificio, pues fantasmar la narración potencia el extrañamiento y, con ello, la capacidad de relectura y problematización, desde el presente, de un ayer tan traumático que no puede conocerse a través de los cauces oficiales y que requiere, por ello, de un susurro fantasmal para ser (re)velado.

 

 

Referencias bibliográficas

 

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SOLÀ, Irene (2023). Te di ojos y miraste las tinieblas. Barcelona: Anagrama.

 

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[1] Tomamos el término modelizar de la crítica como sabotaje de Manuel Asensi: “La fuerza ilocutiva de una obra de arte reside en proporcionar un filtro perceptivo-ideológico del mundo que refuerza o desmiente las bases perceptivo-ideológicas que ya posee el individuo, es decir, en modelizarlo. Quiero decir con ello que el sujeto es bombardeado ininterrumpidamente por una multiplicidad de preceptos ideológicos del mundo de diversa índole semiótica desde su nacimiento hasta su muerte” (Asensi, 2007: 140).

[2] La opción contraria implica, para Colmeiro, hacer el juego al discurso del poder: “La transparente representación mimética y no problemática del pasado, con su puesta en escena reconstruida meticulosamente y su tradicional estructura lineal, une, efectivamente, las discontinuidades de un pasado fragmentado, hecho de silencios y vacíos. Esta tendencia a reconstruir el pasado como una narrativa sin fisuras, sacada sin problemas de las realidades del presente, paradójicamente parece repetir las narrativas de la historia oficial convencionales y ligeras que evitan enfrentarse al statu quo. Así pues, muchas de estas representaciones asépticas del pasado peligrosamente siguen el discurso autorizado oficialmente de la reconciliación sin disculpas ni rectificaciones, y la eliminación de los contra-discursos que pueden ser desestabilizantes, reforzando la nostalgia del pasado y su irrelevancia para los asuntos del presente” (2011: 30-31).

[3] En este último caso, utilizaremos la versión traducida por Concha Cardeñoso Sáenz de Miera para Anagrama y publicada, también, en 2023, bajo el título Te di ojos y miraste las tinieblas.

[4] Para profundizar en la cuestión de la migración en las narrativas de la ruralidad, recomendamos la lectura de la investigación de Juan García Cardona sobre el personaje de Ibrahima (2024).

[5] Es importante destacar que la aparición de la Emeteria no se narra en presente, como buena parte de la novela, sino en pasado, una vez acaecen los hechos.

[6] Tomo el término “anagnórisis anticipada” de Braulio Fernández Biggs (2025), que ha propuesto en una relectura del texto de Shakespeare en la que plantea que la complejidad del personaje de Hamlet puede deberse a que la agnición del protagonista no ocurre al final de la obra, como en la tragedia aristotélica, sino al inicio, gracias a la revelación del fantasma.

[7] Entendemos lo fantástico tras la senda teórica de David Roas, en tanto historias sostenidas en la irrupción insólita de lo imposible en un mundo ficcional que funciona según las leyes físicas y regularidades de nuestro paradigma de realidad, cuyo efecto es atemorizar a los personajes, al narrador y/o a los lectores con la finalidad de desestabilizar y cuestionar la idea socialmente compartida de realidad (2011). Ello desemboca en una impresión de “miedo metafísico”, que “si bien suele manifestarse en los personajes, atañe directamente al receptor, puesto que se produce cuando nuestras convicciones sobre lo real dejan de funcionar, cuando perdemos pie frente a un mundo que antes nos era familiar (2011: 96).