Herrero de Castro, Rubén (2011) La caída de Camelot. John F. Kennedy y Vietnam. Madrid, Plaza y Valdés.

Por José Ángel Ruiz Jiménez

Instituto de la Paz y los Conflictos, Universidad de Granada, España.

Rubén Herrero de Castro nos invita viajar a unos días en que eran frecuentes en los medios de comunicación las referencias a la Casa Blanca como Camelot, y se tendía a identificar a la Administración del presidente, John F. Kennedy, con la leyenda artúrica, encarnando él, por supuesto, al rey Arturo. Mientras tanto, los miembros de su equipo se (auto) denominaban, conjuntamente, “los mejores y más brillantes”. La caída de Camelot, incidiendo en ese imaginario reflejo entre el mítico monarca británico y Kennedy, inicia cada capítulo con una cita de la leyenda del rey Arturo. De este modo, se introducen magistralmente los contenidos, al tiempo que se mantiene el paralelismo entre ambas leyendas. Como en el caso de las peripecias del caudillo britano, la lectura de este libro nos hace compaginar el sentirnos cautivados por el personaje con la sensación de que en el fondo se trata de una historia que no puede ser cierta: la de Kennedy como el elegido, el único, el portador ideal de la Excalibur contemporánea que es la presidencia estadounidense.

Nos estamos refiriendo, por tanto, a la historia de un héroe. Éstos solo pueden ser tan grandes como sus adversarios, pues la grandeza puede medirse únicamente por la magnitud de los obstáculos a superar. El héroe, en el que la sociedad se identifica consciente o inconscientemente, debe enfrentarse a un oponente digno de mostrar el material de que estamos hechos. En última instancia, los obstáculos en el camino son los que definen la grandeza del corazón, el alma y el talento; los que nos permiten saber quienes somos, si tenemos la fuerza y la resistencia para superar algo que parece más allá del alcance de los seres humanos corrientes, algo que desafía nuestra imaginación y conocimiento, algo sólo superable mediante una concienzuda preparación, ambición y determinación. Son los auténticos monstruos, en su peor sentido, los que desvelan cualidades y talentos extraordinarios que hubieran podido permanecer ignorados. Se trata de derrotar a la némesis que hay dentro de cada uno de nosotros, el oponente representa esa némesis y superarla permite extinguir el fuego que arde en el interior de cada ser humano. Se trata de culminar con éxito un desafío formidable. Esto es lo que ofrece la figura universal del héroe mitológico clásico, que supone un ejemplo para el resto de la sociedad. Kennedy encarnó magistralmente esa figura, aceptando decididamente el cargo que le convertía en el hombre más poderoso del mundo, situado ante un desafío tan mayúsculo como la lucha contra el monstruo de una superpotencia comunista que amenazaba al mundo libre armada con la bomba atómica. De hecho, no tardó en demostrar su carácter, pues en su segundo año como presidente, ya doblegó la voluntad de Moscú en la Crisis de los misiles de Cuba.

Además, este nuevo y luminoso rey Arturo, héroe condecorado en la Segunda Guerra Mundial, joven intrépido que había recorrido Sudamérica y brillante doctor por la Universidad de Harvard, contrastaba poderosamente con la falta de épica de la administración de un envejecido Eisenhower. Kennedy planteaba un impulso vital, una inyección de entusiasmo y fuerza. Desde los azarosos días de Abraham Lincoln, no se recordaba una figura tan carismática dispuesta a afrontar con determinación los retos de su época. Los éxitos internacionales de Woodrow Wilson se vieron eclipsados por la incomprensión y falta de apoyos interiores, mientras la sobriedad e imagen de debilidad física de Roosevelt le convirtieron en un presidente muy respetado, pero no venerado. Kennedy se mostró decidido a ser el líder carismático de una nación elegida, del Estado más poderoso de la historia, dispuesto a aceptar el destino de encabezar Occidente combinando unos valores caballerescos con un talento y preparación ejemplares.

El magnetismo que desprendía se vio reforzado por singulares golpes de efecto, como su frase Ich bin ein Berliner –soy un berlinés- en su discurso de 1963 en el corazón de la Alemania comunista, cautivando para siempre a quienes soñaban con la caída del muro y la reunificación; sus slogans No te preguntes qué puede hacer tu país por ti, pregúntate qué puedes hacer tú por tu América y Let’s get America moving again -qué inspiró el exitoso America’s back de Ronald Reagan en 1980; conceptos tan atractivos como la década del desarrollo o la nueva frontera; y promesas tan sumamente atrevidas como que Estados Unidos llegaría a la luna antes del fin de la década de los 60. En definitiva, Kennedy era un líder carismático, persuasivo hasta la seducción y empeñado en dejar un halo de admiración y ejemplaridad.

La caída de Camelot nos ofrece una mirada a la difícil realidad cotidiana tras esa idealizada imagen, que a sus virtudes unió defectos que condujeron al fracaso de Vietnam. La trágica muerte del héroe, que a la vez lo convirtió en un personaje poco menos que mítico, también contribuyó, en gran medida, a disimularlos.

Lo cierto es que, frente a la imagen de innovación, juventud, y valores de liderazgo cruzado-idealistas mundiales rayanos en lo quijotesco, Kennedy optó por un marcado continuismo con la doctrina Truman, ya mantenida por Eisenhower, y la teoría del dominó formulada durante el mandato de este último. Asimismo, no sólo heredó sino que reforzó la imagen de una presidencia dura e inflexible ante el comunismo, enfatizando además el can-doism de la administración anterior, de la que conservó en posiciones clave a numerosos cargos como Dean Acheson, McGeorge Bundy, John McCloy y Arthur Dean.

Por otra parte, los asesores del presidente incorporados tras su toma de posesión se caracterizaban por su juventud y altísimo nivel intelectual. Al igual que el propio Kennedy, tenían un alto concepto de sí mismos y se veían llamados y preparados para las misiones más difíciles. También marcaron diferencias con la administración Eisenhower por su rapidez y flexibilidad en la toma de decisiones, tratando de superar la lentitud en el proceso motivada por la sobrecarga de procedimientos formales y burocráticos anterior. Frente a aquello, proponían un modelo colegiado, analítico y eficiente.

El gran desafío de la administración Kennedy fue, sin duda, la guerra de Vietnam, que terminaría estallando en las manos de sus sucesores Johnson y Nixon. Confiado en una fácil y rápida victoria, el presidente empezó aceptando enviar un pequeño número de asesores y terminó desplegando 16.000, además de autorizar operaciones militares y de deforestación. Comenzó tomando decisiones aparentemente poco comprometedoras, pero que darían lugar a otras cada vez más arriesgadas. Así, tras aceptar compromisos “inocentes”, terminó prisionero de un proceso secuencial, donde cada vez era más costoso y complicado volverse atrás, y entonces, con la esperanza de que “las cosas buenas pasaran”, se daba otro pequeño paso hacia delante, esto es, insistir en la implicación en Vietnam. Con cada nueva decisión en ese sentido, la administración Kennedy estaba más lejos del escenario real (también de su ideal) y, por tanto, las posibilidades de encontrar una decisión que resolviera de forma satisfactoria el conflicto se reducían. Terminó en lo que había querido evitar: una intervención militar a gran escala. Además, su taxativo We are going to win in Vietnam le convirtió en esclavo de unas palabras tan precipitadas como arrogantes.

La caída de Camelot nos muestra de forma clara y detallada como se confiaba en ganar la guerra mediante lo que desde la Casa blanca denominaban estrategia flexible, siendo Vietnam, en teoría, un lugar ideal para llevarla a cabo. Así, el propio Kennedy afirmó “Tenemos un problema para hacer nuestro poder creíble, Vietnam es el lugar”. Rubén Herrero nos lleva de la mano por los conceptos clave que marcaron aquella sucesión de desafortunadas decisiones, que parecían guidas por la más alta sofisticación en el arte de la guerra: desperate proposal pattern -decisión de actuar en la que fallar es intolerable; quagmire model –modelo de arenas movedizas-; whishful thinking –realidad inventada; –time delay traps - trampas de retraso temporal-; commmitment traps – trampas comprometedoras-; y- deterioration traps – en las que se reducía la recompensa del curso de acción, por lo que o se dan nuevos pasos adelante, cada vez más arriesgados, buscando la victoria, corriendo a la vez el riesgo de desviarte más del buen camino.

Tales conceptos eran fruto de análisis exclusivamente racionales, centrados en estadísticas de combate y procesamiento de datos en oficinas, que indefectiblemente indicaban que se estaba ganando una guerra que sucedía en remotas selvas asiáticas. Aquellos estudios, obviamente, dejaron numerosas variables clave fuera de sus cálculos, pero la arrogancia miope del gabinete Kennedy no les dejó considerarlas. Más bien se condenaba al ostracismo a quienes cuestionaban la estrategia contra un groupthink que descansaba sobre sensaciones de aparente invulnerabilidad y unanimidad. Mientras, los que disentían pero callaban podían continuar apaciblemente de sus puestos a la vez que la tragedia se hacía cada vez más inevitable.

Entre las variables dejadas de lado por aquellos mejores y más brillantes caballeros de la mesa redonda estaban la falta de conocimientos sobre política exterior, pues provenían del mundo empresarial, y el vacío cultural sobre historia, cultura, lengua y valores de los vietnamitas. No podían entender su incapacidad para pensar y organizarse como los estadounidenses; inexplicablemente, aquel pueblo no abrazaba de forma entusiasta el modo de vida occidental y capitalista. Consideraban al comunismo como un bloque monolítico, centrándose en evitar el efecto dominó de una posible expansión comunista, lo que les impedía, por ejemplo, ver el nacionalismo vietnamita y su rivalidad con China. Debió ser una sensación similar a la de Napoléon, que pensaba estar salvando a los españoles de un antiguo régimen de inquisición, incultura, falta de libertades civiles y políticas, etcétera, ofreciendo a cambio la ilustración y la razón, mientras que aquéllos, incomprensiblemente, se resistían con infinita tenacidad. Es el tipo de lecciones históricas que Washington no supo tener en cuenta.

La lectura de esta obra desvela la cadena de decisiones que fueron derivaron en una tela de araña, que, progresivamente, atrapó a un Kennedy que martirizaba su imaginación con el temor a ser el primer presidente de los EEUU en perder una guerra, precisamente contra el comunismo. Era algo que no estaba dispuesto a permitir, y mucho menos sin luchar, mientras disponía de tantos medios militares a su alcance. No podía, dese luego, permitirse ser un apaciguador contra comunismo, como el británico Chamberlain en Munich. No en vano, su tesis doctoral, Why England Slept, condenaba precisamente esa política de apaciguamiento que terminó dando a Hitler una situación de ventaja impensable. Rubén Herrero recapitula oportunamente, una y otra vez, los pasos de esta deriva hacia abismo que supone toda una lección sobre las limitaciones de la realpolitik.

Cuando se hizo evidente la necesidad de la retirada, Kennedy la pospuso para después de la elecciones, en una lógica política que subordinaba el interés nacional en aras de un autoengaño que beneficiaba directamente sus intereses, en lo que en su propio lenguaje técnico se hubiera denominado effectivemess trap – trampa efectista-. ¡Algo impropio del virtuoso rey Arturo!

En definitiva, este magnífico libro nos ofrece una historia magistralmente contada sobre el alto precio pagado en Vietnam debido a la sensación de invulnerabilidad y optimismo del gabinete Kennedy. En estos tiempos del Yes, we can, -en cuyo ambiguo mensaje estriban a la vez su fuerza y debilidad-, experimentamos cierta sensación de revival de los años de Kennedy. El actual presidente de los Estados Unidos, el elegido que rompió la última barrera racial posible de su país, todo un Premio Nobel de la paz, cuyos inspirados discursos tanto han recordado el tono y vocación humanista de Abraham Lincoln, despertó un entusiasmo que trascendió con mucho las fronteras estadounidenses. No obstante, Kennedy se enfrentó con decisión al tipo de desafíos extraordinarios que miden a los grandes personajes, y su trágico final lo convirtió en un héroe, no habiendo lugar para preguntarnos hasta qué punto tan desafortunadas circunstancias enterraron para siempre un más que posible fracaso. Así mismo, dejó en segundo plano fiascos mucho más obvios, como bien nos muestra Rubén Herrero al recordar que este moderno rey Arturo tan sólo consiguió aprobación para una de sus propuestas en materia de derechos civiles. Barack Obama, por su parte, aún compartiendo abiertamente el mismo deseo de grandeza, vive tiempos de vulgaridad, sin desafíos a la altura de George Washington –padre de la independencia-, de Lincoln –salvador de la unidad nacional y libertador de los esclavos-, o Kennedy –con su guerra contra la amenaza roja-, que le den la oportunidad de sumarse al Olimpo de tan emblemáticos presidentes. Sus guerras son mucho más mundanas e insulsas, centradas en ámbitos como la reforma de la administración doméstica, mientras la base militar de Guantánamo sigue abierta, el ejército más poderoso de la historia es incapaz de derrotar a la guerrilla pastún de Afganistán y la economía estadounidense no acaba de remontar. Definitivamente, los caminos de la historia son insondables, tanto como lo que esconde el telón que protege a los héroes más modélicos e inspiradores de miradas entrometidas a su figura. Y es que al final, incluso Kennedy, como lo definió su viuda Jaqueline, “era un idealista sin ilusiones”.

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ISSN 1988-7221